Claroscuros de la situación económica actual

Recientemente han aparecido en medios de comunicación, mejoras en algunos indicadores económicos que, interesadamente, han sido identificadas como el inicio de una recuperación económica sostenible.

Por primera vez en los últimos años, las cifras parecen indicar estabilidad, aunque la percepción de la calle sea que la crisis sigue azotando a la sociedad con toda su crudeza.

Ambas impresiones son reales. Un último esfuerzo (¿último?) de expansión crediticia, de treinta trillones de dólares a nivel global, y unas ampliaciones nunca vistas de las bases monetarias de las principales divisas de occidente, han generado un rebote cíclico en las deprimidas economías europeas. La periferia y la máquina exportadora alemana han resultado seriamente favorecidas por las políticas expansivas del Banco de Japón y, sobre todo, de la Reserva Federal. La periferia ha visto como la compresión de primas de riesgo provocada por la política de tipos de interés cero o casi (la ZIRP) mejoraba sus costes financieros públicos y privados, y el acceso al crédito; y Alemania se ha beneficiado del estímulo generado a la demanda agregada global.

Pero los problemas estructurales siguen ahí, aunque los políticos quieran poner sordina a su persistencia. En el ámbito del mercado de trabajo, las cifras de paro, décima arriba, décima abajo, siguen siendo mareantes, tanto a nivel local como europeo. Las tasas de participación de la población activa continúan estructuralmente a la baja, acompañadas de la precarización del empleo, bajo el pretexto del tiempo parcial y el trabajo en casa. Continúa la destrucción sistemática del nivel adquisitivo de los salarios, iniciada hace ya décadas, y han aparecido en los últimos años desigualdades sociales crecientes que nos devuelven a situaciones tercermundistas, incluso de cincuenta años atrás (el reciente libro de Thomas Piketty es un incunable en este sentido), y parecen dar la razón a los principios de autodestrucción del capitalismo, avanzados por Marx. Los índices de pobreza no mejoran, con casi cincuenta millones de personas del país más rico del mundo, dependientes de cupones alimenticios (“food stamps”).

En el ámbito financiero, la deuda acumulada global se sitúa según el último informe del BIS (Banco internacional de Pagos) en 100 trillones de dólares (trillones americanos). Mas del 150% del PIB global, con crecimiento de 30 trillones tan solo en los últimos cinco años. Continúa  atenuándose con los años, el endeudamiento masivo de los particulares. A cambio, se incrementa el endeudamiento público; sectores públicos en desequilibrio crónico, generan ritmos globales de acumulación de deuda insostenibles. Y eso que las contingencias futuras por pensiones no están provisionadas.

La estabilidad cíclica conseguida con expansión monetaria paga su precio. Desde que se inició la gran expansión crediticia en los felices noventa, tenemos burbujas de valoración de activos que aparecen y desaparecen (pinchan) a ritmo de más de una por década. Los spreads de calificación crediticia para periferia o bonos de baja graduación, parecen la última. Por no hablar de un CAPE de más de 25 para la bolsa americana. Todo, incluido lo bueno, tiene sus efectos colaterales.

En el lado positivo, a pesar de la dureza de los últimos años, no aparecen demasiadas tensiones bélicas, aunque “haberlas haylas”. Tenemos otro subtipo de guerras, las de divisas, porque de las de verdad, de momento, afortunadamente hay relativamente pocas.

Los dos grandes problemas, paro y salarios de pobreza por un lado, y deuda insostenible por otro, constituyen la gran amenaza de futuro. Pero, como suele suceder, las penas nunca vienen solas. El cambio climático, el desequilibrio persistente de los flujos de comercio exterior, la expansión del número de las corporaciones “too big to fail”, o el auge de “ismos” de todo signo y condición, presentan innegables retos. La lista de problemas es demasiado larga, y demasiado evidente, por más que el interés del “establishment” es dar la apariencia de una recuperación en marcha de una crisis cíclica del tipo “garden variety”, simplemente un poco más llamativa que las anteriores.

Todo el mundo, incluido el iletrado más ignorante, barrunta que algo no va bien. Pero no sabe bien por qué. Ante el desconocimiento, prefiere apuntarse al optimismo secular, antes que al análisis estructural de los que nos ha llevado a esta situación: “solo hay que rearrancar la economía, invertir, consumir y tener fe, y los buenos tiempos volverán poco a poco”. Economistas austríacos, “permabears”, escépticos, y “antisistema” somos ninguneados y agrupados en un “ghetto” intelectual virtual. El “pesimismo” es brujería. Todos los que crean que el modelo económico ha de cambiar, ergo no hay solución continuista a la situación creada, son englobados en esa categoría. Y ya sabemos cómo acababan las brujas, a menudo simplemente ciudadanas con ideas no convencionales, que discutían los cánones y principios del poder establecido. ¡Dios mío, qué futuro para mi tribu!

La diferencia entre unos y otros no es tan simple. Como dice John Hussman, hasta hace poco un reputado analista, calificado ahora de “permabear”, su posición no es más pesimista que la de los demás. Cree que la crisis no se ha acabado hasta que no haya una limpieza general del sistema financiero (burbujas valorativas, créditos incobrables), pero cree también que habrá un buen momento para echar el resto, e invertir con el máximo riesgo y agresividad en un momento posterior del ciclo. Lo que se discute no es si la humanidad va a progresar en el futuro o no, sino si lo hará desde este modelo y con estas políticas, o desde otro modelo “austríaco” (por utilizar la etiqueta habitual de los que vemos la viabilidad del sistema desde otra perspectiva) y no “neoclásico-keynesiano”. El mundo siempre ha progresado, y eso no es contencioso, pero hay ciclos económicos largos. Desde tiempos inmemoriales, de tanto en tanto ha sido necesaria una revisión profunda de los modelos socioeconómicos y políticos. Este es uno de esos momentos.

Simplemente, para una corriente doctrinal minoritaria, que pretendo extender con este blog, el capitalismo keynesiano liberal con deuda acumulativa y monetizaciones “a la carte”, aderezado con “puts” de índices bursátiles públicamente ofrecidos por los chamanes de los bancos centrales (el famoso “Greenspan put” prorrrogado con creces por su sucesor), ha caducado. Y el ciclo político global, post segunda guerra mundial, la “pax americana”, también. Todo tiene fecha de caducidad, como la tuvieron el imperio español o el colonialismo británico en su día, aunque el ciclo de pax americana parezca que siga cabalgando como el Cid Campeador.

Eso no es el fin del mundo, sino un cambio geopolítico, sociocultural, y económico, profundo. Como tantos que lo precedieron. Para el establishment político económico,  admitirlo es anatema. Tras años de keynesianismo persistente con estímulos monetarios, fiscales y crediticios a la demanda agregada, parece que no exista camino alternativo. Y aunque la opinión pública no lo sepa, existe, aplicarlo no es el fin del mundo, y además es la única alternativa, porque continuar con el modelo neoclásico keynesiano es inviable. Tras décadas de experiencia en mercados financieros globales, como bróker primero, y gestor después, y acumulados ya muchos miles de horas en investigación macroeconómica y financiera, ha llegado el momento de transparentar esos conceptos adquiridos.

De escuela económica austríaca por convicción, en este blog no se trata de denostar a Keynes. Sus ideas han sido utilizadas fuera de contexto. Para él, no existía el largo plazo, porque siguiendo su conocido latiguillo, “a largo plazo estamos todos muertos”. Tal vez, sin saberlo, anticipó la filosofía surfer de hoy: ¡vive el presente! Volviendo a lo serio, Keynes planteó la conveniencia de actuaciones anticíclicas sobre la demanda agregada, solo como estabilizadores de corto alcance. En ningún momento llegó a sugerir que ese debía ser el procedimiento perpetuo para estimularla. El mundo es, desde la llegada de Greenspan a finales de los ochenta, adicto a dicho método

Sin embargo, a largo plazo, el tratamiento debe ser otro. Lo que sucede es que los arreglos estructurales y a largo plazo se basan en la ley de Say, y su implantación es lenta y dolorosa, y cuesta votos y dinero. Y no olvidemos que perjudica intereses creados. Por último no hay que obviar del análisis macroeconómico los efectos distorsionantes del dinero y el crédito. Si el padre de la economía fue la mano invisible de Adam Smith, la madre fue Richard Cantillón. Y no lo conoce nadie. Hablaremos de todo ello en otros posts de este blog.