¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

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Basados en la “pax americana” posterior a la segunda guerra mundial, y a pesar del lastre económico que supuso durante décadas la guerra fría, el mundo encontró un ciclo de prosperidad de singular  intensidad y duración. Este ciclo socioeconómico de fuerte mejora de las condiciones de vida de la humanidad, se extendió durante toda la mitad del siglo XX, y con extensión artificialmente forzada por los bancos centrales, hasta entrada la primera década del actual.

La economía, motor de las mejoras en calidad y duración de la vida humana, y motor insoslayable también (aunque a veces se olvide) de los “estados de bienestar”, comienza a crecer y desarrollarse vigorosamente desde los cincuenta y los sesenta. Para entender tanto vigor, es necesario recordar que lo hace en un entorno de estabilidad política global, limpiados por la guerra los excesos residuales del ya lejano crack del 29, con una enorme tarea de reconstrucción por delante, una pirámide de población y proyección de evolución de la misma, óptima, y un grado moderado de utilización de los recursos naturales del planeta. Deforestación, exceso de población, cambio climático o capa de ozono no eran desde luego ningún problema. No menos trascendente, la energía (en las primeras décadas del ciclo), era barata y abundante.

Al iniciarse este largo ciclo de bienestar, la ciencia económica se basa en el paradigma neoclásico del equilibrio general de Walras (una formulación matemática elaborada de la ley de Say), desarrollado en 1874 (reformulado y ampliado por Arrow, Hicks, y Debreu más de cincuenta años después). Leon Walras hizo una contribución memorable a la ciencia económica, pero su modelo tenía  tres dramáticas limitaciones. Carecía de sector público (en su día poco importante, y hoy hipertrofiado), carecía de sector exterior (pues era poco importante antes de la globalización), y, quizá la limitación más importante: en el mismo, el dinero solo se usa como unidad de cambio y como medida de valor, pero no se analiza ni el endeudamiento ni el atesoramiento del mismo.

El mundo de hoy no es el mundo de Leon Walras, y él no podía saber que esos conceptos serían utilizados por gobernantes y banqueros centrales para encontrar atajos al crecimiento equilibrado de los países, desde el ámbito de la oferta, tal y como preconizaba Jean Baptiste Say (modelizado por Walras y sucesores). Para Say, los neoclásicos que le sucedieron, y los austríacos actualmente, la demanda agregada estable y sostenible, nace de la oferta. Lógico: es el pago de los factores de la producción lo que sustenta la capacidad de compra, y no los juegos de manos monetarios.

Finalizando el siglo XIX, nacen John Maynard Keynes y Ludwig Von Mises, que aportaron dos complementos básicos a la teoría general de equilibrio Walrasiano. Para Keynes, el equilibrio no es estable, no garantiza el pleno empleo, y existen factores de inestabilidad en la “demanda agregada”. En definitiva Keynes toma una posición en que corrige la ley de Say, que da base al equilibrio Walrasiano: toda oferta, no crea su propia demanda. Hay desajustes temporales que deben resolverse usando políticas monetarias y fiscales. Hombre de indudable carisma e intuición, aunque discutible profundidad teórica, hace nacer un culto casi religioso en el estímulo a la sacramentalizada “demanda agregada”. Lo increíble es que ese culto haya perdurado hasta nuestros días. Tal vez no es ajeno a ello, que sea mucho más fácil estimular la demanda agregada, que reformar el aparato productivo para que la genere, pagando adecuadamente a los factores de la producción.

Su contemporáneo, Mises, mucho menos carismático y ocurrente,  publica en 1912, “La teoría del dinero y el crédito”, y es la aportación clave para el desarrollo de la embrionaria escuela austríaca iniciada por Menger treinta años antes. Para Mises, no se puede entender la economía sin estudiar el valor del dinero, el tipo de interés y el ciclo crediticio (endeudamiento). Su aportación era entrar a valorar un aspecto obviado por los modelos walrasianos; nada menos que el papel del dinero y el crédito

Con el paso de los años, el Keynesianismo se hace dominante y casi excluyente. La escuela austríaca, aun siendo respetada intelectualmente, ocupa un lugar residual en los órganos de gobierno de los bancos centrales, universidades,  administraciones públicas, y multinacionales cotizadas.

Para completar el entramado teórico que sustenta nuestro modelo económico actual  solo nos queda citar a Milton Friedman y Hyman Minsky, ambos nacidos a principios del siglo XX. La contribución de Friedman no puede menoscabarse. Demostró de una manera contundente que la contracción de la base monetaria contribuyó al agravamiento de la gran depresión, y clarificó de manera indubitada la inflación, como un fenómeno monetario. Su trascendencia en lo acontecido en los últimos cinco años ha sido colosal. Con motivo de su muerte en 2006, el mismo Ben Bernanke le dedicó estas contundentes palabras sobre su estudio de la depresión de 1929: “you were right Milton, we will not do it again”. Con estas palabras, y sus famosas apologías de los helicópteros y, “literalmente”, de las máquinas de impresión, Ben Bernanke estaba avisando al mundo de sus QE1, QE2 y QE3 venideros. Felices los que le vieron venir. El mundo le había dado el poder, y hasta le renovó el cargo. El resultado: la base monetaria americana se ha multiplicado por cuatro en pocos años. Bernanke denostó al Banco de Japón en el tratamiento del pinchazo de su burbuja, y al amparo de una inflación controlada, superó las previsiones monetizadoras del Friedman más puro. Si no había inflación se podía manipular masivamente la base monetaria, Bernanke dixit. Y lo hizo! Si Milton levantase la cabeza, creo que se sentiría utilizado.

De igual modo que sucedió con los contemporáneos Keynes y Mises, la suerte (influencia) de los también contemporáneos Friedman y Minsky fue dispar. Mientras la escuela monetarista del primero encontró acérrimos defensores en el poder financiero, y sus principios fueron aplicados con exponenciales “creces”, Hyman Minsky falleció acabando el siglo XX en el anonimato económico. Solo lo acontecido desde 2007 ha reivindicado su  contribución a entender la inestabilidad financiera. Su postulado de que la estabilidad financiera excesiva, genera inestabilidad, hasta llegar al “momento Minsky”, ha permitido entender como los años de la “great moderation” de Greenspan y Bernanke son los que posibilitaron los sobresaltos que vinieron después. Un individuo, todo hay que decirlo, con pocas simpatías en los órganos de gobierno de los grandes bancos centrales, adictos incorregibles al estímulo monetario perpetuo. Pero respetado al fin. La mismísima Janet Yellen le ha dedicado algunas palabras en los últimos años.

La realidad de la condición humana es la codicia. Con el tiempo, el vigor del crecimiento económico post segunda guerra mundial, fue bajando. El proceso de deterioro del modelo socioeconómico vigente empezó, una vez bien avanzado el ciclo de su desarrollo, de manera tentativa a partir de los años ochenta, y en la década de los noventa de manera mucho más acusada. El modelo de crecimiento había madurado, y empezaron a surgir los problemas lógicos de obsolescencia. El mundo emergente pedía su cuota justa del comercio internacional, las multinacionales “too big to fail” tomaban el control de los precios en las relaciones laborales, y la energía se había encarecido. Amén de otros cambios.

Sin embargo esos problemas no generaron sintomatología alguna. Sorprendentemente, la demanda agregada de los países desarrollados no se resentía por el reajuste a la baja del peso de los salarios en el PIB o el desmontaje de la oferta que suponían las exportaciones Chinas entre otras. Los subsidios públicos a los parados por el proceso de desindustrialización, el tirón especulativo inmobiliario, y, “last but not least”, el crédito, suplían las carencias salariales y distributivas. No importaba que los chinos nos vendiesen mas, o que los salarios perdiesen poder adquisitivo. No importaba que el beneficio empresarial casi duplicase su porcentaje histórico medio de participación en el PIB (con el consiguiente ajuste a la baja del porcentaje asignado a las rentas del trabajo).

En vez de revisar los desajustes del modelo, según finalizaba el siglo XX, los políticos y altos cargos necesitaban mantener el crecimiento y la satisfacción de la población que les votaba, manteniendo el statu quo. Las carencias en el modelo de equilibrio Walrasiano  (con la ayuda inestimable de las contribuciones de Keynes y Friedman), permitieron encontrar atajos para el crecimiento económico. Se podía crecer sin hacer grandes reformas en el lado de la oferta. Se podía crecer con desempleo y bajos salarios. Bastaba con estimular la “demanda agregada”. En manos de políticos y banqueros centrales, esos atajos fueron siendo utilizados más y más, conforme el vigoroso crecimiento desde los 50 se fue disipando. En lugar de aceptar las disfunciones del sistema que tan buen resultado había dado, e irlo corrigiendo, resultaba más fácil turboalimentar el crecimiento, usando los tres elementos no contemplados en el equilibrio Walrasiano: sector público, sector exterior, y uso y abuso del dinero, los tipos de interés, y el endeudamiento.

Algunos usaron el sector exterior para crecer. Tras la guerra, los vencidos Japón y Alemania optaron por la competitividad exterior para “sustraer” demanda agregada a los restantes aparatos productivos. Y China llegó después para lograr el “cum laude” en este ejercicio, basado en un razonamiento sencillo, muy del estilo actual de Ángela Merkel. Si soy competitivo, y vendo a los miembros del aparato productivo de un país vecino, tengo más demanda agregada de la que me corresponde. Solo tengo el problema de conseguir que la comunidad internacional no se altere demasiado, y lograr reciclar los superávits comerciales de manera que no interfieran en las paridades de su divisa. Las políticas etiquetadas como “beggar thy neighbour” funcionan (mientras el vecino no se enfade demasiado)!

El ejercicio de vivir del vecino, tiene su dificultad. Para empezar hay que ser más competitivo que él, y lograr que él ni reaccione ni se enfade por las paridades de las divisas. Japón, tras años de éxito de esta política,  fracasó finalmente en ello, y la apreciación de su divisa fue el remache en el ataúd cuando pinchó su burbuja inmobiliaria y financiera en 1990. Alemania en cambio, sigue incólume, gracias a que nos ha convencido a los demás de la bondad de continuar exportándonos al equivalente de 166,386 pesetas por euro. Y adicionalmente se beneficia de un euro bajo (para ellos, que no para los demás) que no se corresponde con su balanza comercial con los demás bloques mundiales. Y encima son los “buenos” que sostienen “Europa”, confundida interesadamente con la “zona euro”.

China, en una posición de máxima dificultad por su burbuja inmobiliaria y crediticia, sigue controlando más que dignamente su Yuan. Es más, no contenta con reciclar sus superávits comerciales (comprando deuda en dólares con el tácito beneplácito de Estados Unidos), y ante la mirada internacional atónita, ha tomado el reciente rol de “matón del pacífico”. Entre otras bagatelas, usa su flota para poner plataformas petrolíferas en aguas comerciales de otros miembros de la comunidad internacional. La bota americana tuvo sus inconvenientes, pero la posible hegemonía china da que pensar en aquello de “Guatemala o Guatepeor”.

En cualquier caso, el uso del sector exterior para sustraer demanda agregada, es un juego de suma cero a nivel global. No todo el mundo puede usarlo. La demanda agregada que ganan unos (Alemania), la pierden otros (España, Francia y Italia). No puede ser un atajo de uso general. ¡Salvo que todos exportemos a Marte!

El juego del sector público fue aprovechado fundamentalmente por los países europeos para conseguir un “estado de bienestar” que no se corresponde con el aparato productivo subyacente. Nadie es profeta en su tierra, y nadie como Francia ha ninguneado más intensamente al bienintencionado Jean Baptiste. El aparato productivo decae, desorientado y sin estímulos, desde hace décadas, sin que nadie se preocupe, gracias a un estado cuyo peso económico es más del 50% del PIB que lo suple (y regula) todo.

Los demás países europeos lucen también estados hipertrofiados, con pesos del sector público superiores al 40% del PIB (al menos en gasto agregado, otra cosa es el déficit anual por una recaudación inferior). Merkel lo resume con simplicidad extrema: Europa tiene el 7% de la población mundial, el 25% de la economía mundial, y el 50% del gasto social (estado del bienestar) total. Insostenible salvo que sigamos emitiendo deuda pública nueva perpetuamente. ¡Mientras nos la compren!

Este ejercicio también tiene su dificultad y sus límites. Ningún atajo es perfecto. Hubo un “momento Minsky” en que la comunidad financiera intuyó que la deuda pública acumulada como consecuencia de esos hipertrofiados estados de bienestar, era impagable. Los “spreads” (hoy llamados prima de riesgo país) se dispararon, y el sistema financiero mundial se asustó. Un impago de la periferia europea (Francia, Italia, España y estados menores) suponía un default que se acercaba a los diez trillones de dólares (cerca del por ciento de la deuda global). El sistema financiero mundial no habría sobrevivido. Sin embargo, Mario Dragui, con la mentira financiera más grande de la historia económica contemporánea, salvó el día (y de paso, desinteresadamente, el puesto de trabajo). Haría “lo que hiciera falta” para salvar el euro. Una mentira más convincente que la de Don Vito Corleone en “El padrino”. Favorables factores monetarios y crediticios globales ayudaron a pasar la mentira. Un par de años después, diez trillones de deuda global más adelante, y tras un par de trillones de base monetaria global incrementales (pasivo de los grandes bancos centrales), el sistema financiero recuperó la confianza en el pago de la deuda periférica.

Verdaderamente, la fe mueve montañas. Claro que, además de la deuda y la expansión de bases monetarias mundiales,  algo ayudó la ZIRP (política de tipos cero) sostenida de los grandes bancos centrales, y la consiguiente búsqueda de rentabilidad a la desesperada de los principales actores financieros. Hoy el mercado valora casi igual el bono americano a diez años que el español del mismo plazo. ¿Riesgos similares, o pura compresión de spreads fruto de la ZIRP?

Fue sin duda el papel del dinero y el crédito, el factor obviado por Walras que más eficientemente ha permitido ningunear la ley de Say. No descubro nada que no hubiesen puesto de manifiesto Mises y Hayek hace muchos años. El dinero no es un velo: hoy es una profesión. Imprimirlo virtualmente (en los pasivos de los balances de los bancos centrales), y distribuirlo con eficientes helicópteros entre los ávidos bancos del sistema, requiere un oficio. Sin la enorme creación de base monetaria de los últimos años, el sistema no habría sobrevivido. La burbuja monetaria y crediticia en que se ha embarcado el mundo en estas últimas dos décadas hace palidecer cualquier magnitud económica precedente.

Primero (“in the begining”) fue el crédito. Crédito para todos. Al consumo, para estudios, para las entidades no financieras que apalancaban su balance, para los sectores públicos desequilibrados. Crédito a destajo incluso para indocumentados e insolventes, convenientemente titulizado cuando se podía. Tras la crisis del 2007, el crédito cesó de súbito, y  entonces vino el dinero salvador. Empezó a imprimir tempranamente el Banco de Inglaterra (primera operación QE), se sumó la reserva federal con tres tandas, y, recientemente, el Banco de Japón se sumó a la fiesta (más bien orgía/bacanal). Había llegado un momento en que solo colocando más crédito (que no se colocaba) el sistema no funcionaba. Había que engrasarlo. Los pasivos de los bancos centrales pusieron el aceite de las máquinas de impresión virtuales. Buen trabajo Ben!

Y hasta aquí hemos llegado. Una demanda agregada basada en estímulos fiscales, crediticios, y de bases monetarias, mantiene la ilusión. La verdadera demanda agregada, la derivada de hacer crecer y virar el sistema productivo, la de Say, la de la oferta (la del  pago a los factores de la producción), brilla por su ausencia. Demasiado difícil, y además, los costes del proceso de transición son inaceptables socialmente. Como dice Juncker, cuando las cosas se ponen difíciles, hay que mentir. Contarle a la población que esto solo se arregla por el lado de la oferta, tal y como dijo Jean Baptiste Say hace siglos, no es vendible. No les elegirían.

No hay que preocuparse. Esto se arreglará solo. Hay que tener fe, bajar más los tipos (¿menos que ZIRP en Europa?), crear más deuda, e imprimir más dinero. Y esperar: ¡ya vuelve a haber brotes verdes!

Pero hay alternativa. Hablaremos de ello en el próximo post.