Los daños de la ignorancia.

Quería escribir sobre la ignorancia y sus daños. Y releyendo en la biblioteca de mi ordenador (yo vivo digitalizado), encontré el discurso de aceptación del premio nobel de Friedrich Hayek (año 1974), titulado “La pretensión de conocimiento”. Y, a mi edad, casi me emociono. El discurso es visionariamente actual. Recibo research económico diariamente. El 90% es basura reiterativa sell side. Como decía Hayek, hace cuarenta años, sobra “pretensión”, y falta “conocimiento”. Hoy es peor.

Retrato de Hayek en Wikipedia

Retrato de Hayek en Wikipedia

La ignorancia es atrevida; pero mucho más dañina es la pretensión de conocimiento. Parafraseando al físico y experto informático Stoll, una cosa es disponer de datos, y otra tener información. Otro nivel distinto, es que la información este estructurada como conocimiento, y, lo vemos en muchos opositores, por desgracia no todo el conocimiento llega al entendimiento. Por último, muy poco entendimiento llega a sabiduría. Probablemente, porque hay que combinar longevidad y esfuerzo intelectual sostenido, y a eso llegan pocos. Hayek es un ejemplo: sabiduría y humildad fueron de la mano.

Lástima que lo de Hayek no sea representativo en nuestra España de hoy. Aunque otros países tampoco andan precisamente cerca de la excelencia. El sistema educativo global (en España es peor) saca cada vez más títulos por segundo, con menos conocimientos por título. Lo de imprimir es una epidemia. Unos lo hacen con billetes, y otros lo hacen con títulos académicos. Mucho papel, y poca sustancia.

El resultado es que navegamos en datos, pero andamos mucho más justos, no solo de sabiduría, sino de los demás conceptos intermedios. Hemos vivido unas décadas por encima de nuestras posibilidades. ¡Pero si al menos hubiésemos invertido en capital humano! Seguro que a muchos les sorprende esta crítica. Creían que nuestra juventud está bien formada. Pues bien, aunque las estadísticas oficiales hablen de sobrecualificación crónica de la mano de obra española, la realidad es bien distinta. El mismo Ángel Gurría lo insinúa elegantemente, diciendo que la sobrecualificación es estadística pero no real. Citado en un certero artículo en La Vanguardia, de García Montalvo, nos pone en nuestro sitio: un estudiante japonés de secundaria tiene competencias similares a un graduado universitario medio español. Sobran licenciados y falta nivel. Y, sí,  ya sé que no es políticamente correcto el decirlo.

Esta vena metafísica viene a cuento de una doble inquietud. No solo mi pesar por el deplorable nivel académico medio de las generaciones futuras, sino también por las grandes mentiras económicas que nos rodean a diario, y encuentran fácil soporte en medios impresos o digitales. Como decía Goebbels, una mentira, repetida adecuadamente mil veces, se convierte en una verdad. Puede incluso que sean mentiras sin dolo. Pero es imperdonable que manipulemos el aparato productivo en base a hipótesis sin suficiente contrastación empírica, y, desde luego, sin suficiente análisis de sus efectos secundarios (aquellos no visibles de los que ya nos apercibía Bastiat).

Hayek usa como leitmotiv de su discurso, los daños causados por la convicción de la relación inversa, o trade off, entre inflación y paro. Pero bien podría haberse extendido a otros conceptos erróneos y sus daños. En el año 1974, y en pleno boom inflacionario, era el ejemplo lógico. Hoy sería mejor ejemplo citar los daños que ha causado en las décadas subsiguientes la paradoja de la austeridad que él mismo había desmontado cincuenta años antes. O los que ha causado el keynesianismo más rancio, con el uso y abuso de los estímulos monetarios y fiscales. Antes de manipular algo tan complejo como el aparato productivo, deberíamos pensarlo varias veces.

La inexactitud de la relación inversa entre inflación y paro.-

En su discurso, Hayek desarrolla la falsedad argumental de la famosa y archiconocida curva de Phillips, sin conocer la cual no se sabía economía. A mí me la enseñó por primera vez, porque es lo que tocaba entonces, el excelente economista, Malo de Molina. El tiempo pone todo en su sitio y, al igual que el timo de la estampita, la curva de Phillips no sobrevivió el paso del tiempo. Sin embargo, en aquellos momentos, parecía tan sólida como la teoría de la relatividad.

Ya he insistido en otros posts, en que correlación no es causación. Y asimismo, en que no todo puede matematizarse, so pena de introducir no solo rigor sino también mortis en el proceso de pensamiento económico. Ni corto ni perezoso, Phillips, tras elaborar unas tablas históricas sobre el desempleo y la inflación de salarios, colocó las coordenadas obtenidas sobre un gráfico y, salió una curva más famosa que el modelo IS-LM de Hicks, o el perímetro de Brigitte Bardot, icono sexual del momento.

Phillips-curve-basic

El resto de la historia se escribe sola. Como nada es perfecto, cada generación tiene su Krugman, y sus políticos de turno. Mezclando la curva de Phillips con doctrina keynesiana, y agitando el resultado como si de un juego de alquimia se tratase, los Krugman de la época aprovecharon para sugerir a los gobiernos, que podían lograr un nivel del empleo, en función del nivel de inflación tolerable. Y que para ello no hacía falta arreglar el lado de la oferta. Bastaba con generar inflación.

Los daños podrían haber sido mayores. Gracias a Dios, en aquella época aún no habían caído en lo de expandir el crédito. Eso no empezó en serio hasta mediados de los ochenta. Tampoco aun, en el invento de manipular las bases monetarias. Pero nadie pudo evitar el fenómeno de inflaciones de dos dígitos que azotó la OCDE en la década de los setenta. Una mala idea deja secuelas económicas, que cuesta una década arreglar. Y eso que en Estados Unidos ficharon a Volcker para que arreglase el desaguisado.

Visto con perspectiva histórica, puede entenderse que no se analizase a fondo si la correlación encontrada en las series históricas, era solo estadística, pero no había relación de causa efecto entre inflación y paro. Nos puede pasar a todos. Pero lo más increíble es como, en vez de cuestionar lo que con el paso de los años era evidente que no soportaba el test de la realidad, la intentaron apañar. Primero la desglosaron en una curva de Phillips a corto, y otra a largo, que en el fondo negaba la primera, basada en el concepto del NRU (natural rate of unemployment). Visto que ni aun así se aguantaba, los neoclásicos elaboraron sobre el valor de las expectativas. Más apaños.

En un último esfuerzo por defender lo indefendible, los neokeynesianos inventaron el NAIRU (la non accelerating inflation rate of unemployment), que Yellen y acólitos se pasan el día buscando. No la encontrarán. Pero el acrónimo es elegante. Mucho más que la LTRO o la NIRP. Y da impresión de algo muy científico. Bernanke incluso le puso una cifra: el 6,5%. Cuando la consiguió, cambió de opinión y se puso a marear la perdiz. Todo menos dejar de imprimir y pilotar helicópteros.

Cuánto daño de la pretensión de conocimiento! La inflación, y las políticas monetarias laxas que la soportan, no conduce al pleno empleo. El target habitual del 2%, de todos los grandes bancos centrales, es inadecuado e ineficaz. Tanto más, cuando se basa en una serie de IPCs manipulada descaradamente por los gobiernos, que la subestiman cada año, sobrestimando en consecuencia el crecimiento del PIB. Y tanto más, aún, cuando los crecimientos de la productividad -fruto de la inversión adecuada del ahorro en el stock de capital del sistema productivo-, y el envejecimiento de la población occidental, deberían generar una suave deflación. Y tanto más, si cabe, cuando al controlar la inflación solo controlamos la de los productos de consumo obviando los precios de los activos mobiliarios e inmobiliarios.

Un error, fruto de la pretensión del conocimiento, y décadas perdidas. El camino no es reflactar, sino el contrario. El dinero abundante no emplea gente. Es el supply side quien lo hace.

La inexactitud de la paradoja del ahorro (en versión del inefable Keynes: “The paradox of thrift”).-

Esta inexactitud aun ha hecho más daño, si cabe, que la anterior. La primera imprecisión en este ámbito (probablemente solo es ignorancia), es que el concepto lo inventase Keynes. Fueron dos desconocidos autores, Foster y Catchings, los que formularon la paradoja en 1920. Hayek la pulverizó conceptualmente en un artículo publicado en 1929 con el título “the paradox of savings”. Y Keynes, enemigo mortal de Hayek, la retomó en su “General Theory” en 1936. Hat tip: Robert Blumen

Empezamos mal. Pero lo que es peor es que el desarrollo conceptual de la proposición no es menos falso. La expresión céteris páribus, introducida brillantemente en su día por el neoclásico Alfred Marshall, ha caducado. La  humanidad progresa, y algunas contribuciones útiles en su momento,  devienen obsoletas: el uso de céteris páribus, debería prohibirse para la profesión económica. Nada permanece igual en un sistema, como diría Hayek, “de complejidad organizada”. Un sistema en el que las estructuras no dependen solo de las propiedades de los elementos individuales y la frecuencia de su interacción, sino de la manera en que los elementos individuales se conectan unos con otros. La economía, se asocia en su funcionamiento, a la biología o la sociología, y no a la física, las matemáticas, o la química. Eso no quiere decir que las matemáticas no sean útiles o imprescindibles, pero si quiere decir que céteris páribus es imposible. Todo afecta a todo.

Por ello es de un simplismo inaceptable decir que, a nivel macro, el ahorro, acabado el proceso de inversión asociado al mismo, crea un déficit de demanda agregada. No hay tal discordancia entre la micro y la macroeconomía. Lo que es bueno para el individuo, lo es para el sistema. Eso sí, si el individuo invierte mal, será eliminado del lado de la oferta y asumirá las pérdidas correspondientes. Las inversiones malas (por exceso de oferta o inadecuación del producto ofertado) o los negocios que no sigan el ritmo de evolución de la productividad que marcan las nuevas inversiones (mejorando la productividad y por ende los costes unitarios), serán depurados. En un proceso a diario, sin sobresaltos. Salvo, claro esta, que alguien manipule el sistema para salvarlas con estímulos monetarios cualitativos o cuantitativos, y fiscales. ¡Qué tentación para el ignorante político de turno! Visto con la perspectiva del tiempo, el pecado era inevitable.

Al igual que en un gran bosque tiene que haber pequeños incendios para evitar uno devastador, la oferta tiene que irse depurando gradualmente para no encontrarnos en la situación actual, en la que hay que depurarla de golpe y mal. Evitar recesiones genera depresiones. Tanto por los daños que se acumulan en la oferta, como por el paradigma Minskiano de que la estabilidad sostenida genera su propia inestabilidad, las recesiones garden variety son imprescindibles.

Si el sistema se va depurando, el ahorro no aumenta la oferta disponible disminuyendo la demanda agregada, sino que mejora el stock de capital. Esa mejora facilita el incremento gradual de la productividad, y por ende de los salarios y los rendimientos del capital (permitiendo además el pago de intereses razonables). La cantidad de oferta para cada producto o servicio se va autoajustando diariamente. Y el que invierte mal pierde su dinero. No le salva el directorio de bancos centrales con dinero de los contribuyentes, y, más injusto aun, de los que ahorraron cuando tocaba (vía, como insiste Gross, represión financiera de los tipos de interés) ¡Cuánto ahorro en parlamentarios, politburós,  y funcionarios!

Como siempre en la historia de la humanidad, optamos por el camino fácil, y solo después de comprobar que es imposible, cogemos el toro por los cuernos. Pero con unos daños humanos y sociales considerables por el camino. El camino difícil es vincular el gasto social al PIB, flexibilizar el despido, reducir los impuestos sobre el trabajo, desmontar la rigidez institucional de los salarios y precios a la baja, podar los universitarios y elevar su nivel evitando la sobrecualificación estadística, desmontar aparato institucional (cámaras de comercio, senado, patronales, sindicatos y asociaciones y estructuras inútiles de todo tipo y condición) etc. Y ayudar al sistema productivo a adaptarse a las nuevas tecnologías y los nuevos tiempos, produciendo cosas distintas y sostenibles, creciendo en calidad de output, mas que en cantidad. Favorecer el ahorro, y no imprimir mas dinero que el ahorro real subyacente (M1/M2 estables sobre PIB). Estimular que el ahorro se convierta en inversión y no en reducciones del free float de las cotizadas. Vender menos coches y casas y más cultura, ecología, y salud. Como me pillen los de BMW …

Quién tiene razón?

Si yo  fuese el lector, especialmente si es la primera vez que accede a este enfoque económico tan minoritario y estigmatizado en el mundo de hoy, me quedarían dudas. ¿Por qué los “austríacos” van a tener razón?

La propuesta austríaca no es manipular la economía de otra manera, sino no manipularla salvo que se esté seguro de hacerlo adecuadamente, sin efectos secundarios no vistos. Sin confundir correlación con causación. Sin atajos al crecimiento (vide mi post: Cómo hemos llegado hasta aquí). En la duda, es mejor no hacer nada.

Espero que al menos podamos estar de acuerdo en que el consumismo perpetuo (evitando el ahorro como si de la peste se tratase), la inflación,  y los estímulos crediticios, monetarios y fiscales al crecimiento, nos han llevado a donde estamos. Debiera ser de sentido común cambiar de rumbo, para evitar seguir indefinidamente con más de lo mismo. Si seguimos igual, el amigo Albert nos calificaría como locos. Ni siquiera hace falta recurrir argumentalmente a los tristes resultados de la historia de las últimas décadas. Cualquiera que sostenga que el crecimiento del consumo es el camino hacia adelante del sistema productivo, en un mundo con recursos naturales limitados, o es un iluminado, o, más probablemente, es economista.

Pero proponer lo anterior se está revelando como de sentido “poco común”. Por eso empecé este blog. Me gustaría acabar el post con unas palabras de Dylan Grice en el “Edelweiss Journal”. Son en inglés, y no son necesarias para la comprensión de lo expuesto. Pero son un bonito broche. Podrían ser una carta abierta a Yellen, Draghi, Kuroda y demás. Una carta de despido con reproches.

“Trying to control a variable you can’t measure (inflation) with a tool you don’t fully understand (money) in a complex system with hidden, unobservable, and non-linear interrelationships (the economy), is a guaranteed way to ensure that most things which happen, weren’t supposed to happen.”

El tiempo es la medida de todas las cosas. Hay que esperar y ver el resultado de tanta manipulación. Los efectos secundarios serán inesperados y descomunales. No será bonito. A largo plazo (en el sentido keynesiano del término), nada lo es.